Ese precisamente era uno de los componentes más relevantes del complejo proyecto detrás del que trajinaba sus días el entonces Director de Inmigración, don Guillermo Wilcken, en 1889.
Su sueño era "...dejar un establecimiento destinado a atraer, preparar y entregar al país, la población que espera para elevarse al nivel de las naciones más florecientes".
Hoy, cuando se inflama la xenofobia, sé atenta y estigmatiza a los inmigrantes, aquello parece un cuento de hadas, el país de Alicia o el "mundo del revés". Un tiempo en que a los inmigrantes se los llamaba, se les hacían señas, se los invitaba, se los tentaba y, no pocas veces, también se los embaucaba.
Es una muestra de cuán irracionales pueden lucir ciertas posturas ideológicas fuera de su contexto histórico ¡La salvación del país por la inmigración! Quien le piense, que no lo diga en voz alta.
Sin embargo, era uno de los pilares de la política argentina desde mediados del siglo XIX hasta la mitad del XX. La resume el conocido eslogan alberdiano "gobernar es poblar", que algunos, incluso, invertían: "poblar es gobernar". Podemos, con cierta magnanimidad, despojar, por un momento, al eslogan del afrentoso menosprecio a la población nativa que connotaba en boca de muchos de sus epígonos.
¡Un hotel para inmigrantes! La curiosidad del caso ya había sembrado cierta perplejidad entre los mismos impulsores del proyecto que se evidenció cuando se abordó el tema de la denominación del establecimiento. ¿Cómo llamarlo? Se sugirió "Asilo de Inmigrantes". Un nombre poco congruente con su propósito de erigirse en "...el vestíbulo de la nueva patria que los espera. Su aspecto no debe provocar rechazo, debe atraer. No debe auspiciar dolores y miserias, debe augurar futuras prosperidades".
No se podía traslucir semejante mezquindad. La iniciativa, entre otros objetivos, debía reflejar, hasta en su nombre, el interés y la importancia que el país estaba otorgando al tema. Llamarlo "Asilo" "...hubiera sido totalmente impropio...bueno para mendigos o ancianos" a quienes, explícitamente, la ley vetaba el ingreso.
"Asilo", de hecho, solía llamarse peyorativamente a la "Rotonda", el sombrío refugio que, en la actual zona de Retiro, hospedaba entonces a los recién desembarcados.
Y le cuadraba, por lo visto, el nombre: "...desde fuera, no se sabe lo que es, pero da frío. Redondo como un circo de tablones, de color blanco abandonado, teniendo por fondo las grúas de los muelles... lo mismo parece una inmensa boya que un cinematógrafo arruinado. Adentro del edificio hay un patio cuadrado y otro más chico, uno rodeado por los comedores y otro por los dormitorios. Hemos visto muchos patios de miseria, pero como aquel, tan frío, tan simétrico...no hemos visto otro".
Al nada comedido testimonio anterior, lo refrendan otras descripciones similares: "...la mayor parte de la construcción es de madera y sumamente vieja; las sucesivas capas de pintura con que se la ha querido remozar, no han cambiado mayormente el resultado. Aunque la limpieza interna se haga con prolijidad, siempre queda en mal estado. Y, como si esto no fuera bastante, en las proximidades del edificio hay unas lagunas de aguas descompuestas, que son una amenaza constante".
Palmarios textos que reflejan la vergüenza que sonrojaba a los ciudadanos porteños frente al "Asilo", los mismos que, por otro lado y con justicia, se ufanaban de los cambios, el progreso y el buen aspecto que mostraban otros sectores de la ciudad.
Pero había otra razón, más allá del bochorno, que inquietaba a la ciudadanía: el recuerdo todavía fresco de la inmisericorde siega operada por la peste de fiebre amarilla, el aterrador "vómito negro", en 1871.
La imagen del Asilo aunaba, al "Temor y Temblor" del recuerdo, la acusación injusta con que se había estigmatizado a los inmigrantes como causa de la epidemia y el desprestigio y la amenaza cierta que aquel antro, con el hacinamiento y su falta de higiene, constituía.
Aquellos 15 mil (¿?) muertos en pocos meses, representaban más del 8% de los habitantes de la ciudad. Pocos eran los supérstite que se vieron eximidos de acompañar, como deudos, alguno de los centenares de cortejos fúnebres que, a diario (hasta 500 en los peores días), se encaminaban lúgubremente hacia los cementerios.
El desborde de la capacidad de atención de las empresas funerarias, obligó a la construcción de una vía especial para el "Tren de la Muerte" que, en dos viajes diarios, recogía, en lo que es la actual esquina Corrientes y Jean Jaurés, y depositaba en la Chacarita, su riesgosa y patética carga de cadáveres. ¿Quién podía haberlo olvidado?
Si bien con el paso del tiempo se identificó el verdadero origen del contagio, las sospechas y acusaciones que victimizaron a los inmigrantes no se levantaron totalmente y las malísimas condiciones sanitarias de la ciudad, pero de sus conventillos en especial, habitados profusamente por ellos, alarmaban y no sin razón.
Lo dicho respecto del "Asilo" no deja lugar a dudas de que la necesidad del proyectado complejo, con hotel incluido, ya era percibida como urgente incluso antes de 1871. La peste le sumó un motivo y el incremento de los flujos inmigratorios la radicalizó aún más. Pero la iniciativa chocó con la enervante realidad del descalabro financiero que paralizó al país a partir de 1890.
Transcurrieron 16 años. En 1906 se inició la construcción, cuando una gran parte de los abuelos o bisabuelos de los argentinos de hoy, ya estaba afincado en el país y no había entrado por el gran "vestíbulo". Y seis años más pasaron antes de que los inmigrantes tuvieran su hotel. Fue el último componente del complejo que se habilitó. Funcionó hasta 1953 albergando a los últimos contingentes de la gran inmigración posbélica. En 1990 el Hotel de Inmigrantes fue declarado Monumento Histórico Nacional y transformado posteriormente en Museo de la Inmigración. Es justo que de esta forma se conserve un espacio que, como en un ramillete, liga en su origen a tantos argentinos.