Detalle de la noticia turistica:
Sobre la esquina de R. Roca y Sarmiento, pleno centro de la hoy turística San Martín de los Andes, ejercicio de imaginación mediante, no resulta difícil evocar a estos dos jóvenes arribar a esta aldea, allá por fines de enero de 1952, tan diferente a la actual. Fueron los trabajadores del Parque Nacional Lanín quienes tendieron “una mano” solidaria a aquellos jóvenes de entonces, Ernesto Guevara de la Serna y Alberto Granado, en su primer viaje por nuestra entrañable Latinoamérica y les permitieron alojarse en la llamada “Pastera” (lugar donde guardaba el pasto).
Será por la irresistible combinación de madera y piedra, o por la calida presencia de este líder memorable pero La Pastera resulta una parada obligada para todo visitante, de cualquier parte del mundo, que arribe esta ciudad del sur y sin duda invita a entrar.
Ya desde el ingreso se aprecia la voluntad estética de conservar ese espíritu de mediados del siglo pasado, con un expendedor de nafta similar al que estaba ubicado en La Pastera cuando Ernesto Guevara y Alberto Granado eligieron este lugar para pasar la noche. El galpón que supo alojarlos, está reciclado con parámetros de museología y arquitectura moderna.
En la puerta nos recibe un completo sector de librería, único espacio construido íntegramente a nuevo, que ofrece joyas de colección: materiales, publicaciones, fotos y libros editados por el Centro de Estudios Che Guevara de La Habana, Cuba.
En la sala principal, los paneles dinámicos e informativos recrean la vida del líder revolucionario, con una biografía ágil, acompañada por fotografías inéditas. Los paneles temáticos que completan la muestra nos acercan la visión del Che sobre los trabajadores, la juventud, su concepción del hombre nuevo, Fidel Castro, la familia. Cálidos y precisos a la vez, los textos van sumergiendo al visitante en su apasionante historia de vida.
Ese andar por su obra y pensamiento, es lo que hace que este museo en realidad poco a poco vaya convirtiéndose para quien lo visita, en un lugar en donde la esencia ideológica y su constante presencia en los cambios sociales, lo sigan proclamando uno de los personajes más respetados y valorados a nivel mundial.
Otra forma de navegar por la vida del Che es a través del multimedia, producido por la Asociación Trabajadores del Estado (ATE). Entre escritos, videos, música y fotografías, se destaca el audiovisual institucional que muestra, además, la historia del Museo. Otro soporte informativo es una pantalla de plasma donde se reproducen en forma permanente audiovisuales, discursos y entrevistas. No es inusual encontrarse con grupos de chicos que pasan su horas fuera de la escuela frente a esta pantalla, acercándose un poco más al “Che”.
La ayuda visual, en donde se puede ver a Ernesto Guevara en medio de discursos multitudinarios hablando no tanto como un referente político, sino como un ciudadano más, es un punto que hace de este lugar algo diferente; ya que aquí su historia es narrada por sus mismas palabras, sus cartas, sus escritos y por su familia. Un poco de intimidad e identificación con este personaje, que como todos nosotros, muestra su lado humano.
El recorrido, que también cuenta con un homenaje a los desaparecidos durante la dictadura militar, termina en el entrepiso de la sala donde se puede observar una ambientación con fardos de pasto, espacio original donde durmieron Guevara y Granado en el verano de 1952.
Con la llegada del calor, múltiples actividades se desarrollarán al aire libre en el anfiteatro exterior que da por finalizada la recorrida.
“La Pastera, museo del Che” no es un museo más. Es un refugio para la historia, el análisis y la reflexión sobre uno de los personajes más emblemáticos de la historia, que todos nombramos, pero no muchos conocemos.
Un viaje singular
El 29 de diciembre de 1951 Ernesto Guevara y Alberto Granado iniciaron desde Córdoba un viaje por Sudamérica en una moto que llamaban “La Poderosa II”.
Pasaron por Buenos Aires, la costa atlántica, Bahía Blanca, Choele Choel, Piedra del Águila, San Martín de los Andes y Bariloche. Cruzaron la cordillera hasta el sur de Chile y desde allí se dirigieron a Santiago donde debieron abandonar la moto. En barco, a pie y a dedo conocen distintas ciudades de Chile, Bolivia y Perú. En Lima establecen relación con el médico Hugo Pesce, distinguido especialista en lepra y dirigente del Partido Comunista Peruano. Por su intermedio viajaron al leprosario de San Pablo, a orillas del Amazonas, y luego, en la balsa “Mambo-Tango” navegaron río abajo hasta Leticia, ciudad fronteriza colombiana, donde trabajaron como entrenadores de fútbol. De allí a Bogotá y luego a Caracas, Venezuela, donde Granado consiguió empleo en un leprosario. Ernesto decidió entonces regresar a Buenos Aires vía Miami con el objetivo de finalizar sus estudios en medicina.
Un aspecto interesante del ya conocido viaje de Ernesto Guevara y su fiel amigo Alfredo Granado por Latinoamérica, fue su paso por San Martín de los Andes. Viniendo de la Costa Atlántica el cambio en la geografía se hizo evidente, a lo cual el joven Ernesto describe su llegada al sur de esta forma: “El camino serpentea entre los cerros bajos que apenas señalan el comienzo de la gran cordillera y va bajando pronunciadamente hasta desembocar en el pueblo… rodeado de magníficos cerros poblados de una vegetación frondosa. Sobre la estrecha lengua de quinientos metros de ancho por treinta y cinco kilómetros de largo que es el lago Lacar, con sus azules profundos y los verdes amarillentos de las laderas que allí mueren, se tiende el pueblo, vencedor de todas las dificultades climáticas y de medios de transporte…”.
Darle un capitulo especial a San Martín de los Andes en sus notas de viaje, le dan a este pueblo un peso histórico más para brindarle al “Che” un homenaje y un reconocimiento por su sinceridad.
Como él mismo lo dejó plasmado, “… se nos indicó que podíamos hacer parecida tentativa en las dependencias de Parques Nacionales, cuyo intendente acertó pasar allí y nos dio enseguida alojamiento en uno de los galpones de herramientas de la citada dependencia. Por la noche llegó el sereno, un gordo de 140 kilogramos bien medido y una cara a prueba de balas, que nos trató con mucha amabilidad, dándonos permiso para cocinar en su cuchitril. Esa primera noche la pasamos perfectamente, durmiendo entre la paja de que estaba provisto el galpón, bien abrigados, lo que se hace necesario en estas comarcas donde las noches son bastantes frías”. Y es precisamente este galpón, el que los trabajadores del Parque Nacional Lanin evitaron por más de 50 años que desapareciera, el que le da vida a “La Pastera”.
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